jueves, 30 de octubre de 2014

Cabeza pensante




"Sé tú mismo, ya que todos los demás están cogidos”

OSCAR WILDE


"Mi vida ha estado llena de terribles desdichas, 
la mayoría de las cuales nunca ocurrieron". 

MONTAIGNE 



"Cómo cansa ser todo el tiempo uno mismo”

JULIO CORTáZAR



"El escritor original no es aquel que no imita a nadie, sino aquel a quien nadie puede imitar.”

FRANÇOIS-RENÉ DE CHATEAUBRIAND



"Nunca es demasiado tarde para ser la persona que podrías haber sido”

MARY ANN EVANS



"Leer es pensar con el cerebro ajeno en lugar de hacerlo con el propio”

SCHOPENHAUER



"Yo sé que todo es irreal, pero no sé cómo probarlo”

E.M. CIORAN

""Nada más triste que saber que uno sabe escribir, pero que no necesita decir nada de particular, nada en particular, ni a los demás ni a sí mismo".”

JAIME GIL DE BIEZMA

Coque Malla






Las canciones de Coque Malla son como la "tristealegría" del poeta, una mezcla de melancolía, optimismo, rabia y ganas de pasarlo bien. Su guitarra acústica tiene un sonido limpio donde las melodías del desamor son nocturnas y difíciles de olvidar.



martes, 28 de octubre de 2014

Soñándote



Encontré hace algunos días los primeros poemas que publicó Francisco Pérez Martínez, un heterónimo de Pacumbral en una revista de León, allá por el año 1954-55 y los dejo aquí escondidos en este blog "nocturno, noctámbulo y nocherniego". Tenía tan solo 22 años y parecía estar incapacitado para la felicidad, esos instantes de plenitud que tal vez podrían reconciliarlo con su pasado. No sé porqué no aparecieron en su "Obra poética" publicada en 2009. Tal vez eran el fruto prematuro de un poeta que eligió la prosa de los periódicos para "festonear" la actualidad con la rosa y el látigo de sus palabras.



1.

Te miré hasta el final de tu mirada
liberando mis ojos en el cielo
lento de tus pupilas. Quieto vuelo
de mi alma en tu altura desvelada.

Honda y serena plenitud distante
de la luz que en tus ojos se remansa,
claro contacto de la hoguera mansa
que te revela y besa en cada instante.

¡Qué juventud de azules en tu frente
propicia al infinito atardecido
gloriosamente han sobrevivido

A la luz en cada flor ausente.
Gloriosamente sueñas en la tarde
que te eterniza en su postrer alarde.


F.P. (1954)


2.

Las dichas van en tropel
y no acierto con la mía.
Todo yo en pos del corazón,
¿y el corazón en pos de qué?
Le basta con detenerse
en su perpetua busca
para ser en centro del universo,
pero el instante de la plenitud
siempre le sorprende lejos,
ganando en botín y aventura

su propia juventud al tiempo.

F.P. (1955)


3.

Tengo la dicha en mí
y no acierto a alegrarme con ella.
Me la siento de algún modo,
habitándome confusamente.
me la ven los demás
y me la veo en ellos.
Su luz de tan dentro
es ya la que alumbra fuera.
Mas, voy a mirarla a solas
y se me torna tristeza.

F.P. (1955)


4.

En la alegría soy múltiple
y en la tristeza uno.
y después de cada alegría
y de cada tristeza,
esto que de mí me queda
para seguir siendo yo,
para reconocerme una vez más,
y que es ya el principio
de nueva lucha y esperanza.
De la pasión a su nostalgia,
mi juventud siempre a salvo.

F.P. (1955)

domingo, 26 de octubre de 2014

Umbral de otoño



Desde que leí la edición que hizo Cátedra del libro "Mortal y rosa", siempre busqué aquel artículo que el viejo maestro del Ampurdán, Josep Pla, había escrito en la revista "Destino" sobre este libro-diario-novela, donde la vida mortal y rosa se transfiguraba en palabras, nunca antes escritas, ni respiradas, ni bebidas en noches insomnes y donde nada parece tener sentido. 


Revista Destino (Barcelona), 9-15 de Octubre de 1975

Calendario sin fecha  

Umbral de otoño  

JOSEP PLA

Tengo el gusto de comunicarles que acabo de leer un libro del considerable escritor Francisco Umbral, titulado “Mortal y rosa” que lleva el número 468 de la colección “Ancora y Delfín” de DESTINO. Desde luego es un libro muy curioso, sorprendente o que al menos a mí me ha sorprendido en gran manera.
  
No creo que tenga la menor duda que desde la aparición de la primera pareja humana (Adán y Eva) y de su colocación en el Paraíso Terrenal (me atengo, como ustedes pueden ver, a nuestro Génesis), la aparición de criaturas, de seres humanos en este espacio del cosmos, ha sido literalmente gigantesca, fabulosa, de una voluminosidad inaudita. ¿Sería posible contar su número? En un mundo en que se han contado tantas y enormes cosas, la velocidad de la luz, considerables distancias y el número de billetes en circulación en los momentos de las mayores inflaciones, el recuento humano no se ha hecho, a pesar de disponer de grandes astrónomos y de economistas tan distinguidos.  

Desde luego los niños han estado siempre de moda, y aunque haya personas que creen lo contrario en los presentes momentos, no ofrece la menor duda que su aparición ha llenado de gozo a las personas que en ello han intervenido, a sus familiares y amigos. Pero el caso es que no poseemos un recuento, ni aproximado ni real, de nacimientos desde la época del Paraíso. Ello hubiera sido, a mi modesto entender, de un grande y positivo interés, entre otras razones porque el hecho hubiera proyectado una cierta luz, cuando menos sobre los acontecimientos públicos que la historia ha ido recogiendo. Habrán ustedes podido observar, leyendo las historias que se están produciendo en estos días, el interés que van tomando los desastres demográficos, las pestes y epidemias que han agotado a la humanidad, las guerras y revoluciones que se han producido con cantidades enormes de víctimas, los desplazamientos humanos que en esta tierra en los últimos años han ocurrido. En las oscilaciones históricas parecen tener más peso los muertos que los vivos, quiero decir los que murieron prematuramente que los que llegaron a viejos.  

Creo que podría demostrarse que sobre la aparición de las criaturas en esta tierra se han escrito pocos libros. No han escrito sobre ellos ni los escritores profesionales que fueron sus padres, a pesar de que siempre se quejan de no tener tema pare sus producciones; ni de los escritores no profesionales, que suelen ser muy buenos, al encontrarse ante el acontecimiento; ni los padres de familia, poco dados a escribir. Si la aparición de un hijo, cosa a todas luces importantísima, hubiera producido un documento literario o del orden que fuere, es casi segura que el número de libros y papeles que se hubieran producido sería considerable. Pero no ha sido así. El número de mamotretos grandes o pequeños existentes sobre este importante tema es irrisorio, escasísimo. Al menos, hasta donde llegan mis conocimientos.  

No seré yo quien afirme que la producción de una cosa así no sea delicada. Lo es, y en gran manera. Con el nacimiento y desarrollo de las criaturas pueden ocurrir las cosas más sorprendentes. En definitiva, todo padre de una criatura, en relación con su hijo, es un profeta. El papá augura esto, augura aquello. El papá augura, hace sus proyectos, se lanza casi siempre a las imaginaciones que a él más le complacen y que, por complacerle son siempre las más inequívocas. Pero, y si resulta lo contrario de todo lo que la imaginación habría formulado, ¿qué sucede? La criatura sobre la cual se escribió un libro, inevitablemente lleno de proyectos y de augurios (ocultos o explícitos), luego resulta que la vida le lleva por otro camino, a veces por un camino opuesto. ¿Qué resultó de todo lo que se ha proyectado y escrito? Los papás siempre quedan a salvo, porque todavía existe en nuestra sociedad, como sentimiento indiscutible, el amor de los padres por los hijos. ¿Pero los hijos como quedan si los acontecimientos le llevan a seguir un camino distinto del que sus padres creyeron que indefectiblemente seguiría? Si los papes le proyectaron una gran carrera y a menudo hicieron toda clase de sacrificios para lograrlo y luego resulta todo lo contrario - cosa que suele ocurrir -, el ex niño queda subrayado por una especie de notorio ridículo. Y es sin duda por esta razón que muchas veces no se escriben estas fáciles alegorías.
  
Mientras tanto ha aparecido el escritor Francisco Umbral con un libro sobre –sospecho- su primera criatura y se ha lanzado sobre este tema con una fuerza inesperada. ¿A qué ha sido debida una empresa tan sorprendente? El señor Umbral se había distinguido algunas veces en los últimos años por sus elucubraciones y relatos sobre el amor libre, sobre la libertad de los instintos sensuales y sobre las banalidades sin cuento -a veces peligrosísimas- relacionadas con estos acontecimientos. Si no recuerdo mal, fue el escritor Miguel Delibes, que acaba de entrar en la Real Academia Española muy merecidamente, quien dijo que la literatura erótica del señor Umbral debía ser discutida con reservas, porque el erotismo no es, en ningún caso, forma alguna de libertad, sino de todo lo contrario: de la esclavitud más fehaciente, grotesca y demencial llevada a los últimos extremos. Escribo todo esto sin tener delante el texto de Delibes, pero me parece, si mi memoria es clara, que sintéticamente, es lo que dijo. El señor Umbral es un escritor leído -rara avis- que conoce muchos autores que han contribuido al desenfreno de los presentes días. Sin duda, conoce algo de lo que se ha publicado sobre el marqués de Sade, que es muy poco, porque la totalidad de lo que escribió este señor sobre la materia se encuentra perfectamente inédito en la Biblioteca Nacional de París, porque nadie se ha atrevido a echarle mano y llevarlo a la imprenta. En todo caso es natural que Sade escribiera lo que escribió habiendo pasado tantos años de su vida en la cárcel, por razones perfectamente plausibles, por sus más conocidos biógrafos. El erotismo basado en la maldad y la corrupción. Donde no puede recogerse es en la calle y en la vida social positiva.
  
Y he aquí que aparece el señor Francisco Umbral con un libro dedicado a su hijo -sospecho el primero- después de su historia literaria que es tan conocida y que está interesado al parecer en presentar la libertad erótica en todos sus matices. El señor Umbral ha descubierto la paternidad como elemento básico de la vida. Podría parecer ingenuo el descubrimiento, pera nunca es tarde cuando llega. Como buen castellano, el derecho a la propiedad ya lo debió descubrir años atrás. Esto, en todo caso, me encanta, y haber hecho el libro sobre su hijo todavía me encanta más, porque yo, señor Umbral, soy conservador y partidario de conservar todo lo que tenemos, porque ya se han producido excesivas distanciaciones en lo que llevo de vida. Soy partidario de conservar todo lo que tenemos y así lo digo con todas las letras, porque considero, entre otras razones, que diciendo esto estoy en el criterio de todas las personas que en este país tienen alguna cosa en la cabeza. El libro se titula “Mortal y rosa” y ha sido escrito utilizando un alarde de lirismo y con toda la artillería retórica correspondiente. Quizá con un poco más de simplicidad hubiéramos pasado, pero, en fin, la literatura es esto: un puro misterio, y en este libro parece haberlo, aunque yo no tengo el gusto de conocer al señor Umbral.
  
El mes de octubre, cuando se presenta bien, que es el primer mes del otoño, es el mes del año mejor, maravilloso, del país donde habitualmente vivo. En este país, la primavera es corta y suele ser mala y de difícil dominio. El verano suele ser húmedo, dominado por los vientos del sur, bochornoso -este año ha sido muy caluroso-, vulgar, inútil e invadido por el turismo. El invierno es largo, interminable, frío, dominado por estos ventarrones fabulosos de la tramontana, que es la fuerza cósmica mayor y más desagradable que tenemos en el Ampurdán -sobre todo el mestral del Canigó-. El otoño –octubre- suele ser plácido, claro, sin frío ni calor, sutil, con una precisión de líneas, de masas y de colores, que llegan a fascinar la mente humana por poco sentido de la adaptación y de la observación que se posea. El otro día, el doctor Pi y Figueras, a quien me encontré en Pals, me dijo, con su magnífica juventud, que el señor Laín Entralgo había escrito en un libro que las tres comarcas más bellas de Europa son la Provenza, en el sur de Francia, la Toscana, en Italia, y el Ampurdán, en este país. Conozco estos tres países. La afirmación del señor Laín es buena, pera debería invertirse. Yo pondría la Toscana, después de haber vivido tanto tiempo en Florencia, en Fiesole, en Arezzo, en Pisa, en San Gimignano, en Pistola, en Lucca y en Prato, etc. Después pondría el Ampurdán, sin separarlo del Rosellón, porque a pesar de la destrucción de tantas cosas del litoral y de tantas poblaciones del interior abandonadas, se mantiene bellísimo. Y de Provenza, dejando aparte las poblaciones tan célebres del litoral, que contienen tantas diversiones y tanto confort, el interés es un peco legañoso y abandonado. Aix-en-Provence, no. Siendo ciudadano del Ampurdán pequeño, es natural que haya escrito mucho sobre mi país. Donde espero morir y que me entierren en cualquier cementerio. Ahora, el gran mes de este país es el de octubre, porque si hace buen tiempo, todo es dibujado, preciso, exacto, perfecto. 



jueves, 16 de octubre de 2014

Buenas noches, poesía



Buenas noches, poesía

BUENAS noches, poesía, verdad temblorosa del mundo, buenas noches...

Estás en nuestra vida, poesía, como razón libre y última. Podemos vivir aquí esta vida corta y desvalida, de un lado para otro, y en el fondo te tenemos a ti, como un consuelo con el que sólo el alma cuenta por fin. Es increíble y salvador que te tengamos tan segura. Ganamos o perdemos toda la fe, la vida toda, y nadie podrá quitarnos tu luz verdadera; eres la forma de conocimiento y posesión de quien nada sabe ni tiene.

Sé bien que soy tronco
del árbol de lo eterno.
Sé bien que las estrellas
con mi sangre alimento.
Que son pájaros míos
todos los claros sueños...
Sé bien que cuando el hacha
de la muerte me tale,
se vendrá abajo el firmamento.

Qué humilde soberbia redentora puede dar al hombre descorazonado y final el grito íntimo de la poesía. El poeta se queda a solas en estos versos, para, solitario y desposeído, alzar su soberbia legítima y desconocida de hombre en pie, de ser iluminado y pleno. El poeta siente la vida con más profundidad y dolor que nadie. Si el hombre es clave del universo, bien puede decirse que el verdadero y único derrumbamiento de los cielos sobreviene cuando él cae a tierra.

Esta poderosa sensación de cimiento y altura, de clave y posesión, la tiene el alma cuando acierta a estar a solas con la poesía, en intuición hermosa de una verdad inexplicable y emocionante.

Más que belleza, más que ensueño, la poesía es verdad misteriosa, certeza repentina y conmovida. Cuando casi olvidada te tenemos, andas entre las cosas, poesía, libre y eterna, tan pura sin nosotros. Y luego, el encuentro contigo, la salida imprevista al viento luminoso de la lírica.

Hay en la vida diaria de apremios y desganas momentos misteriosamente propicios al abandono en la poesía, secretamente cercanos al sosiego lírico y purificador. Si nadie viniese detrás de nosotros, si el tiempo y los caminos no viniesen empujando, podríamos en uno de esos momentos quedarnos para siempre en ti, poesía, madre inspiradora y total.

Buenas noches, poesía, buenas noches...

FRANCISCO UMBRAL, 1959

miércoles, 15 de octubre de 2014

Una mañana de 1955



La mañana

«Todo lo inventa el rayo de la aurora» 
J.G. 


Entre todos iban trayendo el día, le iban logrando –claridad informe– con su labor, con su esfuerzo, con su clamor innumerable. Habitaban voluntariamente la mañana, colonizaban el día virgen. Recobraban el mundo, recobraban su mundo, ya ciudad.

Todo se congregaba ya, se comunicaba, bajo el gran cielo amanecido, y un alto viento abanderaba el día. Fluían calles raudas en clara dispersión. En todos los recodos de silencio había ya un presentimiento de mundo circundante y transitado. 

Lentas sirenas violentaban el aire, le tensaban, llamando angustiosamente a una epopeya de futuros, enardeciendo para un heroísmo colosal e incógnito. El cielo, abultado de nubes blancas y grises, desplomado y sombrío, era todo él como un enorme presagio. A intervalos, el sol se abría sobre las calles, poniendo un amanecer en cada fachada. Luego, el vasto retroceso de la luz dejaba al mundo desolado y sin colores. 

El día se extendía a la redonda en la gran plaza, desbordaba las calles, viajaba en claros autobuses, se exaltaba en bocinas, entre la luz y la sombra, nublado y despejado, de cara al viento húmedo. 

En la larga avenida de árboles, la vida tenía un despertar dorado y tenue, con luz trémula en los balcones y en los charcos de la calle. Había por el suelo claras hojas caídas, como el rastro de una devastación lenta y melancólica. De pronto, el sol lo alumbraba todo, lo llenaba todo, revelaba los pájaros de cada árbol y dejaba la mañana de par en par. 

Después, la luz volvía a aminorarse poco a poco, y el día se quedaba entornado, en medios tonos y medias voces, respirando un aroma mañanero y distante. 

Arriba, la lenta emigración del cielo. Nubes y viento. Todo iba pasando frente al sol, incoloro y frío, ocultándose y haciéndole reaparecer. Abajo, la ferviente diversidad de la vida; la rotación de las calles y las plazas; caos sin alarma; ventanas; un mercado de fruta, oloroso, colmado, vocinglero; el trabajo de todos, fiesta sin querer; las frentes y los brazos; compás de la ciudad, mundo habitado, inaugurado día… 

En el horizonte, vagamente coloreado, tras las últimas torres, hacia el cielo, todavía le guardaba a la mañana un ámbito puro, recién amanecido y en suspenso, inhabitado, intacto.”  


Publicado en la Revista "Arco" en 1955 por FRANCISCO UMBRAL.