jueves, 30 de octubre de 2014

Cabeza pensante




"Sé tú mismo, ya que todos los demás están cogidos”

OSCAR WILDE


"Mi vida ha estado llena de terribles desdichas, 
la mayoría de las cuales nunca ocurrieron". 

MONTAIGNE 



"Cómo cansa ser todo el tiempo uno mismo”

JULIO CORTáZAR



"El escritor original no es aquel que no imita a nadie, sino aquel a quien nadie puede imitar.”

FRANÇOIS-RENÉ DE CHATEAUBRIAND



"Nunca es demasiado tarde para ser la persona que podrías haber sido”

MARY ANN EVANS



"Leer es pensar con el cerebro ajeno en lugar de hacerlo con el propio”

SCHOPENHAUER



"Yo sé que todo es irreal, pero no sé cómo probarlo”

E.M. CIORAN

""Nada más triste que saber que uno sabe escribir, pero que no necesita decir nada de particular, nada en particular, ni a los demás ni a sí mismo".”

JAIME GIL DE BIEZMA

Umbral & Elvira Lindo



Elvira Lindo versus Francisco Umbral con un poco de resentimiento y una cierta adoración con reservas. La prosa sonajero no le agradaba a quien no aparecía citado en sus negritas. Umbral fue luminoso en aquel Madrid 1975, Madrid 1979. He aquí tres artículos que justifican esta "brillante" idea.



El País, Lunes 2 de Septiembre de 2007
DON DE GENTES
>> Madrid, 1975

ELVIRA LINDO

A Umbral le costó compartir espacio con aquel batallón de escritores que le nació a la democracia y que él llamaba, jocosamente, los 150 novelistas de Carmen Romero.

LA CARA DE UMBRAL en la primera página de este periódico es ya, sin titulares que la justifiquen, el mismo anuncio de su muerte. Umbral en primera página del periódico desde el que nos descubrió a tantos adolescentes indocumentados que las columnas podían ser otra cosa. Abro las páginas de éste y de otros diarios para encontrar en las necrológicas un rastro de mi propia juventud y encuentro una especie de vacío más moral que físico, como la premonición de que el tiempo no tendrá que esforzarse mucho por borrar su rastro. Pienso, con la egolatría cruel del lector, en lo que se va de mí en esta muerte, y veo pasar en procesión, llevando al muerto, mis 15, mis 16 años, aquel tiempo en el que la joven de barrio iba al centro haciendo el mismo viaje que el muchacho de pueblo cuando venía a la ciudad. Ahora ya no hay pardillos ni paletos, el concepto mismo está oculto tras el manto de la corrección política, y los jóvenes airados tienen la universidad al lado de la casa de su madre. Se ganó en comodidad, pero se perdió en literatura. De eso precisamente estaba construida la literatura de Umbral -el hombre que cambiaba vergonzantemente los datos primeros de su biografía-, de la peripecia del chico de provincias que conquista la gran ciudad valiéndose de rabia, trabajo y una especie de resentimiento social que se le quedó enquistado toda su vida.

Leo los recuerdos que sobre él se escriben y encuentro una especie de frialdad indisimulada, como si la muerte guardara siempre cierta simetría con la vida y el muerto recibiera los gestos de afecto en el mismo tono que él los prodigó, distantes, cicateros. Lo paradójico es que al charlar con varios amigos de este oficio veo que no compartimos en absoluto el punto de vista; para algunos intelectuales, la prensa ha exagerado los elogios hacia este escritor que practicaba lo que Marsé denominó algo así como la prosa gaseosa. En una última entrevista televisiva, Umbral, sombra ya de sí mismo pero fiel al personaje umbraliano, ese tipo que nunca concedía una sonrisa, decía: "La posteridad no me importa en absoluto". En ese momento, él, que siempre estuvo preocupado por no ser confundido con ningún otro pájaro de su oficio, se unió más que nunca a la corriente de lugares comunes que inundan las declaraciones de los literatos y dijo lo que nadie puede creer, que lo que viene después no importa. No sé si le llorarán muchos seres queridos, pero él, el escritor permanente, habría deseado ardientemente ser llorado por sus lectores.

Tal vez sea ése el punto de debilidad o ternura con el que los allegados quieren adornar la personalidad del que fue desabrido y a veces cruel. Lamentablemente, la imagen del escritor, del cómico, del artista no está esculpida por los amigos, sino por lo que el público tiene a la vista, y el público vio, en ese Umbral de los últimos años, a un hombre condenado a la soledad del que no ha sabido o no ha querido tener discípulos. La generosidad es una inversión a largo plazo, y no hay nada más terrible que no haber sabido tenerla. Como el padre que racanea a los hijos, a Umbral le costó aceptar el cambio de su propio país, le costó compartir espacio con aquel batallón de escritores que le nació a la democracia y que él llamaba, jocosamente, los 150 novelistas de Carmen Romero. El chiste se quedó viejo y sin sentido. Como se quedaron sin fuste aquellas teorías peregrinas sobre la novela escrita por ordenador y la vulgaridad de la novela con argumento. Nada de eso vale ya. Sin embargo, aunque sólo por traicionar una costumbre bien española, no pertenezco a aquellos que pagan cicatería con cicatería. Lo que es, es. Para un país tan estrecho y tan cateto como era el nuestro, Umbral fue luminoso.

En sus columnas le estabas viendo cruzar esa ciudad que su mirada embellecía, hablaba de Baudelaire y de Nadiuska, de Proust y de Tierno, de Warhol y de Pitita; llevaba la literatura a la tinta del periódico sin olvidarse de la maravillosa vulgaridad diaria, del sonido cimarrón de la calle. Ahí está nuestra deuda, la tiene hasta ese escritor o columnista que no le quiere deber nada a nadie. Crecimos bajo su influjo y nos provocó vocaciones con una simple frase, "iba yo a comprar el pan". Lo demás, ya se sabe, la arbitrariedad, la grosería, la venganza fácil en la columna del día después, la deslealtad, el chismorreo de intimidades y los libros lanzados a la piscina.

Todo innecesario por mucho que hubiera quien le riera la gracia. Cada columnista tiene su propio club de damnificados, pero eso no quiere decir que la crueldad sea la esencia del columnismo ni que sea lícito engolfarse con aquellos que te animan a dar caña. Ahora que su presencia ya no es intimidatoria porque ni tan siquiera está y que algunos de sus amigos, algunos compartidos con Cela, pueden entender que a la larga se consigue más con la admiración que con el miedo, es cuando tal vez haya que leer de nuevo (no digamos releer, por Dios) aquellas memorias del niño de derechas y el retrato del joven malvado. No por el bien de la literatura, cuidado: el lector, que padece un egocentrismo sólo comparable con el del escritor, lee para recuperar o para no perder.

Como el ave carroñera, me llevaré a un rincón una de esas antiguas novelas en las que una mano certificó, con caligrafía juvenil, el momento en que el libro entró en mi vida, Madrid 1975, Madrid 1979 y así. Cada vez que las palabras del escritor me ofrezcan intacto el bocado del recuerdo, estaré haciéndole un homenaje a aquel escritor que leí apasionadamente. A pesar de él mismo, que trabajó sin descanso por aquello que más temía, la fugacidad.

El País, Domingo, 26 de septiembre de 2010
DON DE GENTES 
>> La tecla, el humo, el whisky

ELVIRA LINDO 

Novelas de ordenador. Es una expresión que acuñó Paco Umbral a finales de los ochenta para definir a esos jóvenes novelistas que le estaban pisando los talones con unas novelas que, al parecer, se escribían solas. La idea de Umbral no era tan peregrina, respondía a la vieja creencia de que todo lo que entrañaba una dificultad física acababa siendo más auténtico: la letra, con sangre entraba; las cartas, a mano y por correo regular, y las novelas, a máquina pero con múltiples correcciones a mano para que los estudiosos pudieran teorizar en un futuro sobre el misterio de la creación. Cuidado, máquina de escribir, pero nunca eléctrica, sino con el tracatrá fundamentalista del teclado; flotando en el aire y adherido a los muebles, el humo y el olor del tabaco, y en un rincón, la papelera, a fin de encestar los folios frustrados. Para completar el cuadro, el whisky, ese liquidillo mágico que, a su manera, también consiguió que algunas páginas se escribieran solas. Así salieron. Ah, la mítica de la escritura. Cierto es que a algunos escritores les pareció que el proceso enojoso de aprender a manejar un ordenador, el silencio del teclado, el dejar de fumar o el mantener el whisky a una distancia prudencial acabaría con la magia de la literatura. No ocurrió así. Tampoco la falta de ruido de las máquinas de escribir restó talento al que lo tenía, ni la comodidad de borrar sobre la pantalla consiguió que los libros o las columnas se escribieran solas. 

A los novelistas por ordenador, decía Umbral, les resultaba tan fácil escribir novelas que tendían al novelón. Qué ironía en quien escribió tanto y de manera tan compulsiva. Pero entiéndaseme, no recuerdo aquellas afirmaciones con antipatía, son tan de época que resultan útiles para hacer recuento de cómo ha cambiado nuestra vida en veinte años. Uno de los ritos obligados cuando viajabas al extranjero era buscar un quiosco céntrico en el que vendieran algún periódico de tu país. Tu país está ahora metido en un aparato diminuto. 

En realidad, esa voz de Umbral atacando a los primeros escritores que se pusieron tecnológicamente al día es algo muy antiguo, no ya en la negación de la modernidad, sino en la defensa de uno mismo frente a un mundo que no se acaba de comprender. A mí me costó dejar el tracatrá, me costó amoldarme al silencio, a la pantalla y a la navegación. Lo que ahora es natural fue en su momento tan abstracto, tan difícil de comprender como un logaritmo. Hoy, mi pequeño ordenador contiene miles de voces, las de amigos, las de conocidos, las de gente que muerde también. Eso sí, no te escribe novelas ni artículos. Ay. Pero como bien debía de saber Umbral por un buen amigo suyo, eso era más antiguo que la tecnología virtual, eso te lo hacían los negros de toda la vida.

El País, Domingo 3 de Mayo de 2015
DON DE GENTES
>> El arte de irse

Estamos silenciando a los que vienen detrás, a los que tienen la edad de ser nuestros hijos

ELVIRA LINDO

Muestran algunos escritores, entre ellos mis amigos Jabois o Soto Ivars, una adoración sin reservas a Umbral como el columnista que supo pasar a tinta las palabras de la calle. Yo les digo que viví en directo esa fascinación, que fui la jovencita que leía con asombro los paseos escritos del cronista melenudo, soñaba con una vida de zascandileo nocturno y aspiraba a ser una columnista que esparciera negritas, como se echa la sal a un guiso, dando cuenta de todos los encuentros sabrosos que me salieran al paso. Pero había un malentendido en todo eso. Como bien es sabido, Umbral brujuleaba poco por la calle que decía conocer tan bien y tuvo siempre una relación de recelo hacia los más jóvenes. De hecho, se apuntó muy activamente a la denigración de los que fueron creando una comunidad de lectores de la que se han beneficiado todos los que surgieron después. Asombra pues el encandilamiento sin matices que despierta ahora don Paco entre algunos de los nuevos, porque el brillo y el genio de Umbral se fueron apagando en los últimos años precisamente por no haber aceptado que había otros tan buenos o incluso mejores que él, que jugaban con referencias de una mundanidad más real y habían superado las estrechas fronteras de la cultura española de entonces. Había una burla umbraliana hacia el esforzado cosmopolitismo de los nuevos, y ahí le secundaban todos aquellos que temían que nuestra cultura, tan recogidita, se infectara con palabras ajenas.

La mezquindad estrecha la mirada y empeora la escritura porque impide nutrirse de lo que hacen otros. Ningún escritor es único. Y cuando es único es porque se alimenta patológicamente de sí mismo y es incapaz de comportarse como el anciano de Goya que resume en dos palabras la más sabia actitud que uno puede tener ante la vida y ante cualquier oficio: “Todavía aprendo”.

martes, 28 de octubre de 2014

Soñándote



Encontré hace algunos días los primeros poemas que publicó Francisco Pérez Martínez, un heterónimo de Pacumbral en una revista de León, allá por el año 1954-55 y los dejo aquí escondidos en este blog "nocturno, noctámbulo y nocherniego". Tenía tan solo 22 años y parecía estar incapacitado para la felicidad, esos instantes de plenitud que tal vez podrían reconciliarlo con su pasado. No sé porqué no aparecieron en su "Obra poética" publicada en 2009. Tal vez eran el fruto prematuro de un poeta que eligió la prosa de los periódicos para "festonear" la actualidad con la rosa y el látigo de sus palabras.



1.

Te miré hasta el final de tu mirada
liberando mis ojos en el cielo
lento de tus pupilas. Quieto vuelo
de mi alma en tu altura desvelada.

Honda y serena plenitud distante
de la luz que en tus ojos se remansa,
claro contacto de la hoguera mansa
que te revela y besa en cada instante.

¡Qué juventud de azules en tu frente
propicia al infinito atardecido
gloriosamente han sobrevivido

A la luz en cada flor ausente.
Gloriosamente sueñas en la tarde
que te eterniza en su postrer alarde.


F.P. (1954)


2.

Las dichas van en tropel
y no acierto con la mía.
Todo yo en pos del corazón,
¿y el corazón en pos de qué?
Le basta con detenerse
en su perpetua busca
para ser en centro del universo,
pero el instante de la plenitud
siempre le sorprende lejos,
ganando en botín y aventura

su propia juventud al tiempo.

F.P. (1955)


3.

Tengo la dicha en mí
y no acierto a alegrarme con ella.
Me la siento de algún modo,
habitándome confusamente.
me la ven los demás
y me la veo en ellos.
Su luz de tan dentro
es ya la que alumbra fuera.
Mas, voy a mirarla a solas
y se me torna tristeza.

F.P. (1955)


4.

En la alegría soy múltiple
y en la tristeza uno.
y después de cada alegría
y de cada tristeza,
esto que de mí me queda
para seguir siendo yo,
para reconocerme una vez más,
y que es ya el principio
de nueva lucha y esperanza.
De la pasión a su nostalgia,
mi juventud siempre a salvo.

F.P. (1955)

domingo, 26 de octubre de 2014

Umbral de otoño



Desde que leí la edición que hizo Cátedra del libro "Mortal y rosa", siempre busqué aquel artículo que el viejo maestro del Ampurdán, Josep Pla, había escrito en la revista "Destino" sobre este libro-diario-novela, donde la vida mortal y rosa se transfiguraba en palabras, nunca antes escritas, ni respiradas, ni bebidas en noches insomnes y donde nada parece tener sentido. 


Revista Destino (Barcelona), 9-15 de Octubre de 1975

Calendario sin fecha  

Umbral de otoño  

JOSEP PLA

Tengo el gusto de comunicarles que acabo de leer un libro del considerable escritor Francisco Umbral, titulado “Mortal y rosa” que lleva el número 468 de la colección “Ancora y Delfín” de DESTINO. Desde luego es un libro muy curioso, sorprendente o que al menos a mí me ha sorprendido en gran manera.
  
No creo que tenga la menor duda que desde la aparición de la primera pareja humana (Adán y Eva) y de su colocación en el Paraíso Terrenal (me atengo, como ustedes pueden ver, a nuestro Génesis), la aparición de criaturas, de seres humanos en este espacio del cosmos, ha sido literalmente gigantesca, fabulosa, de una voluminosidad inaudita. ¿Sería posible contar su número? En un mundo en que se han contado tantas y enormes cosas, la velocidad de la luz, considerables distancias y el número de billetes en circulación en los momentos de las mayores inflaciones, el recuento humano no se ha hecho, a pesar de disponer de grandes astrónomos y de economistas tan distinguidos.  

Desde luego los niños han estado siempre de moda, y aunque haya personas que creen lo contrario en los presentes momentos, no ofrece la menor duda que su aparición ha llenado de gozo a las personas que en ello han intervenido, a sus familiares y amigos. Pero el caso es que no poseemos un recuento, ni aproximado ni real, de nacimientos desde la época del Paraíso. Ello hubiera sido, a mi modesto entender, de un grande y positivo interés, entre otras razones porque el hecho hubiera proyectado una cierta luz, cuando menos sobre los acontecimientos públicos que la historia ha ido recogiendo. Habrán ustedes podido observar, leyendo las historias que se están produciendo en estos días, el interés que van tomando los desastres demográficos, las pestes y epidemias que han agotado a la humanidad, las guerras y revoluciones que se han producido con cantidades enormes de víctimas, los desplazamientos humanos que en esta tierra en los últimos años han ocurrido. En las oscilaciones históricas parecen tener más peso los muertos que los vivos, quiero decir los que murieron prematuramente que los que llegaron a viejos.  

Creo que podría demostrarse que sobre la aparición de las criaturas en esta tierra se han escrito pocos libros. No han escrito sobre ellos ni los escritores profesionales que fueron sus padres, a pesar de que siempre se quejan de no tener tema pare sus producciones; ni de los escritores no profesionales, que suelen ser muy buenos, al encontrarse ante el acontecimiento; ni los padres de familia, poco dados a escribir. Si la aparición de un hijo, cosa a todas luces importantísima, hubiera producido un documento literario o del orden que fuere, es casi segura que el número de libros y papeles que se hubieran producido sería considerable. Pero no ha sido así. El número de mamotretos grandes o pequeños existentes sobre este importante tema es irrisorio, escasísimo. Al menos, hasta donde llegan mis conocimientos.  

No seré yo quien afirme que la producción de una cosa así no sea delicada. Lo es, y en gran manera. Con el nacimiento y desarrollo de las criaturas pueden ocurrir las cosas más sorprendentes. En definitiva, todo padre de una criatura, en relación con su hijo, es un profeta. El papá augura esto, augura aquello. El papá augura, hace sus proyectos, se lanza casi siempre a las imaginaciones que a él más le complacen y que, por complacerle son siempre las más inequívocas. Pero, y si resulta lo contrario de todo lo que la imaginación habría formulado, ¿qué sucede? La criatura sobre la cual se escribió un libro, inevitablemente lleno de proyectos y de augurios (ocultos o explícitos), luego resulta que la vida le lleva por otro camino, a veces por un camino opuesto. ¿Qué resultó de todo lo que se ha proyectado y escrito? Los papás siempre quedan a salvo, porque todavía existe en nuestra sociedad, como sentimiento indiscutible, el amor de los padres por los hijos. ¿Pero los hijos como quedan si los acontecimientos le llevan a seguir un camino distinto del que sus padres creyeron que indefectiblemente seguiría? Si los papes le proyectaron una gran carrera y a menudo hicieron toda clase de sacrificios para lograrlo y luego resulta todo lo contrario - cosa que suele ocurrir -, el ex niño queda subrayado por una especie de notorio ridículo. Y es sin duda por esta razón que muchas veces no se escriben estas fáciles alegorías.
  
Mientras tanto ha aparecido el escritor Francisco Umbral con un libro sobre –sospecho- su primera criatura y se ha lanzado sobre este tema con una fuerza inesperada. ¿A qué ha sido debida una empresa tan sorprendente? El señor Umbral se había distinguido algunas veces en los últimos años por sus elucubraciones y relatos sobre el amor libre, sobre la libertad de los instintos sensuales y sobre las banalidades sin cuento -a veces peligrosísimas- relacionadas con estos acontecimientos. Si no recuerdo mal, fue el escritor Miguel Delibes, que acaba de entrar en la Real Academia Española muy merecidamente, quien dijo que la literatura erótica del señor Umbral debía ser discutida con reservas, porque el erotismo no es, en ningún caso, forma alguna de libertad, sino de todo lo contrario: de la esclavitud más fehaciente, grotesca y demencial llevada a los últimos extremos. Escribo todo esto sin tener delante el texto de Delibes, pero me parece, si mi memoria es clara, que sintéticamente, es lo que dijo. El señor Umbral es un escritor leído -rara avis- que conoce muchos autores que han contribuido al desenfreno de los presentes días. Sin duda, conoce algo de lo que se ha publicado sobre el marqués de Sade, que es muy poco, porque la totalidad de lo que escribió este señor sobre la materia se encuentra perfectamente inédito en la Biblioteca Nacional de París, porque nadie se ha atrevido a echarle mano y llevarlo a la imprenta. En todo caso es natural que Sade escribiera lo que escribió habiendo pasado tantos años de su vida en la cárcel, por razones perfectamente plausibles, por sus más conocidos biógrafos. El erotismo basado en la maldad y la corrupción. Donde no puede recogerse es en la calle y en la vida social positiva.
  
Y he aquí que aparece el señor Francisco Umbral con un libro dedicado a su hijo -sospecho el primero- después de su historia literaria que es tan conocida y que está interesado al parecer en presentar la libertad erótica en todos sus matices. El señor Umbral ha descubierto la paternidad como elemento básico de la vida. Podría parecer ingenuo el descubrimiento, pera nunca es tarde cuando llega. Como buen castellano, el derecho a la propiedad ya lo debió descubrir años atrás. Esto, en todo caso, me encanta, y haber hecho el libro sobre su hijo todavía me encanta más, porque yo, señor Umbral, soy conservador y partidario de conservar todo lo que tenemos, porque ya se han producido excesivas distanciaciones en lo que llevo de vida. Soy partidario de conservar todo lo que tenemos y así lo digo con todas las letras, porque considero, entre otras razones, que diciendo esto estoy en el criterio de todas las personas que en este país tienen alguna cosa en la cabeza. El libro se titula “Mortal y rosa” y ha sido escrito utilizando un alarde de lirismo y con toda la artillería retórica correspondiente. Quizá con un poco más de simplicidad hubiéramos pasado, pero, en fin, la literatura es esto: un puro misterio, y en este libro parece haberlo, aunque yo no tengo el gusto de conocer al señor Umbral.
  
El mes de octubre, cuando se presenta bien, que es el primer mes del otoño, es el mes del año mejor, maravilloso, del país donde habitualmente vivo. En este país, la primavera es corta y suele ser mala y de difícil dominio. El verano suele ser húmedo, dominado por los vientos del sur, bochornoso -este año ha sido muy caluroso-, vulgar, inútil e invadido por el turismo. El invierno es largo, interminable, frío, dominado por estos ventarrones fabulosos de la tramontana, que es la fuerza cósmica mayor y más desagradable que tenemos en el Ampurdán -sobre todo el mestral del Canigó-. El otoño –octubre- suele ser plácido, claro, sin frío ni calor, sutil, con una precisión de líneas, de masas y de colores, que llegan a fascinar la mente humana por poco sentido de la adaptación y de la observación que se posea. El otro día, el doctor Pi y Figueras, a quien me encontré en Pals, me dijo, con su magnífica juventud, que el señor Laín Entralgo había escrito en un libro que las tres comarcas más bellas de Europa son la Provenza, en el sur de Francia, la Toscana, en Italia, y el Ampurdán, en este país. Conozco estos tres países. La afirmación del señor Laín es buena, pera debería invertirse. Yo pondría la Toscana, después de haber vivido tanto tiempo en Florencia, en Fiesole, en Arezzo, en Pisa, en San Gimignano, en Pistola, en Lucca y en Prato, etc. Después pondría el Ampurdán, sin separarlo del Rosellón, porque a pesar de la destrucción de tantas cosas del litoral y de tantas poblaciones del interior abandonadas, se mantiene bellísimo. Y de Provenza, dejando aparte las poblaciones tan célebres del litoral, que contienen tantas diversiones y tanto confort, el interés es un peco legañoso y abandonado. Aix-en-Provence, no. Siendo ciudadano del Ampurdán pequeño, es natural que haya escrito mucho sobre mi país. Donde espero morir y que me entierren en cualquier cementerio. Ahora, el gran mes de este país es el de octubre, porque si hace buen tiempo, todo es dibujado, preciso, exacto, perfecto. 



jueves, 16 de octubre de 2014

Buenas noches, poesía



Buenas noches, poesía

BUENAS noches, poesía, verdad temblorosa del mundo, buenas noches...

Estás en nuestra vida, poesía, como razón libre y última. Podemos vivir aquí esta vida corta y desvalida, de un lado para otro, y en el fondo te tenemos a ti, como un consuelo con el que sólo el alma cuenta por fin. Es increíble y salvador que te tengamos tan segura. Ganamos o perdemos toda la fe, la vida toda, y nadie podrá quitarnos tu luz verdadera; eres la forma de conocimiento y posesión de quien nada sabe ni tiene.

Sé bien que soy tronco
del árbol de lo eterno.
Sé bien que las estrellas
con mi sangre alimento.
Que son pájaros míos
todos los claros sueños...
Sé bien que cuando el hacha
de la muerte me tale,
se vendrá abajo el firmamento.

Qué humilde soberbia redentora puede dar al hombre descorazonado y final el grito íntimo de la poesía. El poeta se queda a solas en estos versos, para, solitario y desposeído, alzar su soberbia legítima y desconocida de hombre en pie, de ser iluminado y pleno. El poeta siente la vida con más profundidad y dolor que nadie. Si el hombre es clave del universo, bien puede decirse que el verdadero y único derrumbamiento de los cielos sobreviene cuando él cae a tierra.

Esta poderosa sensación de cimiento y altura, de clave y posesión, la tiene el alma cuando acierta a estar a solas con la poesía, en intuición hermosa de una verdad inexplicable y emocionante.

Más que belleza, más que ensueño, la poesía es verdad misteriosa, certeza repentina y conmovida. Cuando casi olvidada te tenemos, andas entre las cosas, poesía, libre y eterna, tan pura sin nosotros. Y luego, el encuentro contigo, la salida imprevista al viento luminoso de la lírica.

Hay en la vida diaria de apremios y desganas momentos misteriosamente propicios al abandono en la poesía, secretamente cercanos al sosiego lírico y purificador. Si nadie viniese detrás de nosotros, si el tiempo y los caminos no viniesen empujando, podríamos en uno de esos momentos quedarnos para siempre en ti, poesía, madre inspiradora y total.

Buenas noches, poesía, buenas noches...

FRANCISCO UMBRAL, 1959

miércoles, 15 de octubre de 2014

Una mañana de 1955



La mañana

«Todo lo inventa el rayo de la aurora» 
J.G. 


Entre todos iban trayendo el día, le iban logrando –claridad informe– con su labor, con su esfuerzo, con su clamor innumerable. Habitaban voluntariamente la mañana, colonizaban el día virgen. Recobraban el mundo, recobraban su mundo, ya ciudad.

Todo se congregaba ya, se comunicaba, bajo el gran cielo amanecido, y un alto viento abanderaba el día. Fluían calles raudas en clara dispersión. En todos los recodos de silencio había ya un presentimiento de mundo circundante y transitado. 

Lentas sirenas violentaban el aire, le tensaban, llamando angustiosamente a una epopeya de futuros, enardeciendo para un heroísmo colosal e incógnito. El cielo, abultado de nubes blancas y grises, desplomado y sombrío, era todo él como un enorme presagio. A intervalos, el sol se abría sobre las calles, poniendo un amanecer en cada fachada. Luego, el vasto retroceso de la luz dejaba al mundo desolado y sin colores. 

El día se extendía a la redonda en la gran plaza, desbordaba las calles, viajaba en claros autobuses, se exaltaba en bocinas, entre la luz y la sombra, nublado y despejado, de cara al viento húmedo. 

En la larga avenida de árboles, la vida tenía un despertar dorado y tenue, con luz trémula en los balcones y en los charcos de la calle. Había por el suelo claras hojas caídas, como el rastro de una devastación lenta y melancólica. De pronto, el sol lo alumbraba todo, lo llenaba todo, revelaba los pájaros de cada árbol y dejaba la mañana de par en par. 

Después, la luz volvía a aminorarse poco a poco, y el día se quedaba entornado, en medios tonos y medias voces, respirando un aroma mañanero y distante. 

Arriba, la lenta emigración del cielo. Nubes y viento. Todo iba pasando frente al sol, incoloro y frío, ocultándose y haciéndole reaparecer. Abajo, la ferviente diversidad de la vida; la rotación de las calles y las plazas; caos sin alarma; ventanas; un mercado de fruta, oloroso, colmado, vocinglero; el trabajo de todos, fiesta sin querer; las frentes y los brazos; compás de la ciudad, mundo habitado, inaugurado día… 

En el horizonte, vagamente coloreado, tras las últimas torres, hacia el cielo, todavía le guardaba a la mañana un ámbito puro, recién amanecido y en suspenso, inhabitado, intacto.”  


Publicado en la Revista "Arco" en 1955 por FRANCISCO UMBRAL.