lunes, 28 de abril de 2014

El poder de la palabra



Resgato aquí este texto/discurso de Gabriel García Márquez del que había escuchado algunas versiones, pero no conocía la auténtica, la versión original del autor. Eran otros tiempos e internet todavía no había llegado a nuestras vidas, por eso, en estos días de "saudade literaria" del viejo maestro del surrealismo cotidiano caribeño, en los cuales ando como perdido, leyendo y releyendo sus libros, escuchando las entrevistas que le hicieron y los miles de artículos que se han escrito sobre él, decido buscar aquel polémico discurso de García Márquez donde criticaba la gramática de los gramáticos que intenta embalsamar las palabras en diccionarios y en reglas, que nadie utiliza.

El texto tiene todo el humor, la belleza y la ironía posible que Gabriel García Márquez se atrevió a lanzar al viejo ruedo académico, como una provocación delirante en aquel discurso oficial, en el Iº Congreso Internacional de la Lengua Española celebrado en Zacatecas (México) en el año 1997. ¿Qué serían aquellas haches rupestres que tanto le disgustaban?

Botella al mar para el Dios de las palabras

Gabriel García Márquez

A mis 12 años de edad estuve a punto de ser atropellado por una bicicleta. Un señor cura que pasaba me salvó con un grito: «¡Cuidado!» El ciclista cayó a tierra. El señor cura, sin detenerse, me dijo: «¿Ya vio lo que es el poder de la palabra?» Ese día lo supe. Ahora sabemos, además, que los mayas lo sabían desde los tiempos de Cristo, y con tanto rigor que tenían un dios especial para las palabras.

Nunca como hoy ha sido tan grande ese poder. La humanidad entrará en el tercer milenio bajo el imperio de las palabras. No es cierto que la imagen esté desplazándolas ni que pueda extinguirlas. Al contrario, está potenciándolas: nunca hubo en el mundo tantas palabras con tanto alcance, autoridad y albedrío como en la inmensa Babel de la vida actual. Palabras inventadas, maltratadas o sacralizadas por la prensa, por los libros desechables, por los carteles de publicidad; habladas y cantadas por la radio, la televisión, el cine, el teléfono, los altavoces públicos; gritadas a brocha gorda en las paredes de la calle o susurradas al oído en las penumbras del amor. No: el gran derrotado es el silencio. Las cosas tienen ahora tantos nombres en tantas lenguas que ya no es fácil saber cómo se llaman en ninguna. Los idiomas se dispersan sueltos de madrina, se mezclan y confunden, disparados hacia el destino ineluctable de un lenguaje global.

La lengua española tiene que prepararse para un oficio grande en ese porvenir sin fronteras. Es un derecho histórico. No por su prepotencia económica, como otras lenguas hasta hoy, sino por su vitalidad, su dinámica creativa, su vasta experiencia cultural, su rapidez y su fuerza de expansión, en un ámbito propio de 19 millones de kilómetros cuadrados y 400 millones de hablantes al terminar este siglo. Con razón un maestro de letras hispánicas en Estados Unidos ha dicho que sus horas de clase se le van en servir de intérprete entre latinoamericanos de distintos países. Llama la atención que el verbo pasar tenga 54 significados, mientras en la República de Ecuador tienen 105 nombres para el órgano sexual masculino, y en cambio la palabra condoliente, que se explica por sí sola, y que tanta falta nos hace, aún no se ha inventado. A un joven periodista francés lo deslumbran los hallazgos poéticos que encuentra a cada paso en nuestra vida doméstica. Que un niño desvelado por el balido intermitente y triste de un cordero dijo: «Parece un faro». Que una vivandera de la Guajira colombiana rechazó un cocimiento de toronjil porque le supo a Viernes Santo. Que don Sebastián de Covarrubias, en su diccionario memorable, nos dejó escrito de su puño y letra que el amarillo es «la color» de los enamorados. ¿Cuántas veces no hemos probado nosotros mismos un café que sabe a ventana, un pan que sabe a rincón, una cerveza que sabe a beso?

Son pruebas al canto de la inteligencia de una lengua que desde hace tiempo no cabe en su pellejo. Pero nuestra contribución no debería ser la de meterla en cintura, sino al contrario, liberarla de sus fierros normativos para que entre en el siglo venturo como Pedro por su casa. En ese sentido me atrevería a sugerir ante esta sabia audiencia que simplifiquemos la gramática antes de que la gramática termine por simplificarnos a nosotros. Humanicemos sus leyes, aprendamos de las lenguas indígenas a las que tanto debemos lo mucho que tienen todavía para enseñarnos y enriquecernos, asimilemos pronto y bien los neologismos técnicos y científicos antes de que se nos infiltren sin digerir, negociemos de buen corazón con los gerundios bárbaros, los qués endémicos, el dequeísmo parasitario, y devuélvamos al subjuntivo presente el esplendor de sus esdrújulas: váyamos en vez de vayamos, cántemos en vez de cantemos, o el armonioso muéramos en vez del siniestro muramos. 

Jubilemos la ortografía, terror del ser humano desde la cuna: enterremos las haches rupestres, firmemos un tratado de límites entre la ge y jota, y pongamos más uso de razón en los acentos escritos, que al fin y al cabo nadie ha de leer lagrima donde diga lágrima ni confundirá revólver con revolver. ¿Y qué de nuestra be de burro y nuestra ve de vaca, que los abuelos españoles nos trajeron como si fueran dos y siempre sobra una?

Son preguntas al azar, por supuesto, como botellas arrojadas a la mar con la esperanza de que le lleguen al dios de las palabras. A no ser que por estas osadías y desatinos, tanto él como todos nosotros terminemos por lamentar, con razón y derecho, que no me hubiera atropellado a tiempo aquella bicicleta providencial de mis 12 años.

martes, 22 de abril de 2014

A chave de casa (2007)



Tatiana Salem Levy: "A chave de casa". Record, 2007

Leí en estas minivacaciones de Semana Santa la primera novela de Tatiana Salem Levi y me sorprendió gratamente su literatura intimista y de búsqueda de una indentidad perdida en algún país distante de Brasil. La historia que nos cuenta Tatiana es una especie de rompecabezas creada/escrita con capítulos muy pequeños, donde poco a poco vamos descubriendo la voz de cada personaje y su papel dentro de la historia. Pasado, presente y futuro se mezclan en una especie de juego literario. ¿Será que todo lo que el lector está leyendo es una novela que la protagonista de la historia está escribiendo y que ésta acabará tirando a la papelera?



Gabo y el Cine



Os dejo aquí el título de algunas películas (unas me gustaron más que otras) inspiradas en novelas del escritor Gabriel García Márquez:

01. "Memoria de mis putas tristes" (2011), de Henning Carlsen.
Comentário: 

02. "El amor en los tiempos del cólera" (2007), de Mike Newell.
Comentário: 

03. "O Veneno da madrugada" (2006), de Ruy Guerra
Tal vez sea la mejor adaptación para el cine de una novela de García Márquez. "La mala hora" es una novela donde no se consigue respirar por culpa del calor sofocante de los trópicos, de la lluvia que no cesa de mojarlo todo y de unos personajes enloquecidos por el amor o por el odio y todo este clima "emocional" consigue transmitirlo el director brasileño Ruy Guerra.

04. "El coronel no tiene quien le escriba" (1999), de Arturo Ripstein
Comentário: 

05. 'Un señor muy viejo con unas alas enormes (1988), de F. Birri
Comentário: 

06. "Crónica de una muerte anunciada" (1987), de Francesco Rosi
Comentário: 

He aquí el título de otras películas, donde Gabriel García Márquez participó como guionista y que todavía no he visto:

- "Los niños invisibles" (2001), L. Duque Naranjo (co-guión de GGM)
- "Edipo alcalde" (1996), de Jorge Alí Triana (co-Guión de GGM)
- "Cartas del parque", de Tomás Gutiérrez Alea (co-guión de GGM)
- "Fábula de la bella palomera" (1988), de R.y Guerra (co-guión GGM)
- "Milagro en Roma" (1988), de L. Duque Naranjo (co-guión GGM)
- "Tiempo de morir" (1985), de Arturo Ripstein (co-guión GGM)
- "Eréndira" (1983), de Ruy Guerra
- "El año de la peste" (1979), de Felipe Cazals (co-guión GGM)
- "María de mi corazón" (1979), de Jaime Humberto Hermosillo
- "La viuda de Montiel(1979), de Miguel Littín
- "Presagio" (1974), de Luis Alcoriza (co-guión GGM)
- "Patsy mi amor" (1968), de Manuel Michel
- "Juego peligroso" (1966), de L. Alcoriza y A. Ripstein (co-guión GGM)
- "Tiempo de morir" (1966), de Arturo Ripstein (guión de GGM)
- "En este pueblo no hay ladrones" (1965), de Alberto Isaac


jueves, 17 de abril de 2014

La soledad de América Latina



La soledad de América Latina

Discurso íntegro que Gabriel García Márquez dio al recibir el Premio Nobel de Literatura, en 1982

Antonio Pigafetta, un navegante florentino que acompañó a Magallanes en el primer viaje alrededor del mundo, escribió a su paso por nuestra América meridional una crónica rigurosa que sin embargo parece una aventura de la imaginación. Contó que había visto cerdos con el ombligo en el lomo, y unos pájaros sin patas cuyas hembras empollaban en las espaldas del macho, y otros como alcatraces sin lengua cuyos picos parecían una cuchara. Contó que había visto un engendro animal con cabeza y orejas de mula, cuerpo de camello, patas de ciervo y relincho de caballo. Contó que al primer nativo que encontraron en la Patagonia le pusieron enfrente un espejo, y que aquel gigante enardecido perdió el uso de la razón por el pavor de su propia imagen.

Este libro breve y fascinante, en el cual ya se vislumbran los gérmenes de nuestras novelas de hoy, no es ni mucho menos el testimonio más asombroso de nuestra realidad de aquellos tiempos. Los cronistas de Indias nos legaron otros incontables. Eldorado, nuestro país ilusorio tan codiciado, figuró en mapas numerosos durante largos años, cambiando de lugar y de forma según la fantasía de los cartógrafos. En busca de la fuente de la Eterna Juventud, el mítico Alvar Núñez Cabeza de Vaca exploró durante ocho años el norte de México, en una expedición venática cuyos miembros se comieron unos a otros y sólo llegaron cinco de los 600 que la emprendieron. Uno de los tantos misterios que nunca fueron descifrados, es el de las once mil mulas cargadas con cien libras de oro cada una, que un día salieron del Cuzco para pagar el rescate de Atahualpa y nunca llegaron a su destino. Más tarde, durante la colonia, se vendían en Cartagena de Indias unas gallinas criadas en tierras de aluvión, en cuyas mollejas se encontraban piedrecitas de oro. Este delirio áureo de nuestros fundadores nos persiguió hasta hace poco tiempo. Apenas en el siglo pasado la misión alemana de estudiar la construcción de un ferrocarril interoceánico en el istmo de Panamá, concluyó que el proyecto era viable con la condición de que los rieles no se hicieran de hierro, que era un metal escaso en la región, sino que se hicieran de oro.

La independencia del dominio español no nos puso a salvo de la demencia. El general Antonio López de Santana, que fue tres veces dictador de México, hizo enterrar con funerales magníficos la pierna derecha que había perdido en la llamada Guerra de los Pasteles. El general García Moreno gobernó al Ecuador durante 16 años como un monarca absoluto, y su cadáver fue velado con su uniforme de gala y su coraza de condecoraciones sentado en la silla presidencial. El general Maximiliano Hernández Martínez, el déspota teósofo de El Salvador que hizo exterminar en una matanza bárbara a 30 mil campesinos, había inventado un péndulo para averiguar si los alimentos estaban envenenados, e hizo cubrir con papel rojo el alumbrado público para combatir una epidemia de escarlatina. El monumento al general Francisco Morazán, erigido en la plaza mayor de Tegucigalpa, es en realidad una estatua del mariscal Ney comprada en París en un depósito de esculturas usadas.

Hace once años, uno de los poetas insignes de nuestro tiempo, el chileno Pablo Neruda, iluminó este ámbito con su palabra. En las buenas conciencias de Europa, y a veces también en las malas, han irrumpido desde entonces con más ímpetus que nunca las noticias fantasmales de la América Latina, esa patria inmensa de hombres alucinados y mujeres históricas, cuya terquedad sin fin se confunde con la leyenda. No hemos tenido un instante de sosiego. Un presidente prometeico atrincherado en su palacio en llamas murió peleando solo contra todo un ejército, y dos desastres aéreos sospechosos y nunca esclarecidos segaron la vida de otro de corazón generoso, y la de un militar demócrata que había restaurado la dignidad de su pueblo. En este lapso ha habido 5 guerras y 17 golpes de estado, y surgió un dictador luciferino que en el nombre de Dios lleva a cabo el primer etnocidio de América Latina en nuestro tiempo. Mientras tanto 20 millones de niños latinoamericanos morían antes de cumplir dos años, que son más de cuantos han nacido en Europa occidental desde 1970. Los desaparecidos por motivos de la represión son casi los 120 mil, que es como si hoy no se supiera dónde están todos los habitantes de la ciudad de Upsala. Numerosas mujeres arrestadas encintas dieron a luz en cárceles argentinas, pero aún se ignora el paradero y la identidad de sus hijos, que fueron dados en adopción clandestina o internados en orfanatos por las autoridades militares. Por no querer que las cosas siguieran así han muerto cerca de 200 mil mujeres y hombres en todo el continente, y más de 100 mil perecieron en tres pequeños y voluntariosos países de la América Central, Nicaragua, El Salvador y Guatemala. Si esto fuera en los Estados Unidos, la cifra proporcional sería de un millón 600 mil muertes violentas en cuatro años.

De Chile, país de tradiciones hospitalarias, ha huido un millón de personas: el 10 por ciento de su población. El Uruguay, una nación minúscula de dos y medio millones de habitantes que se consideraba como el país más civilizado del continente, ha perdido en el destierro a uno de cada cinco ciudadanos. La guerra civil en El Salvador ha causado desde 1979 casi un refugiado cada 20 minutos. El país que se pudiera hacer con todos los exiliados y emigrados forzosos de América Latina, tendría una población más numerosa que Noruega.

Me atrevo a pensar que es esta realidad descomunal, y no sólo su expresión literaria, la que este año ha merecido la atención de la Academia Sueca de las Letras. Una realidad que no es la del papel, sino que vive con nosotros y determina cada instante de nuestras incontables muertes cotidianas, y que sustenta un manantial de creación insaciable, pleno de desdicha y de belleza, del cual éste colombiano errante y nostálgico no es más que una cifra más señalada por la suerte. Poetas y mendigos, músicos y profetas, guerreros y malandrines, todas las criaturas de aquella realidad desaforada hemos tenido que pedirle muy poco a la imaginación, porque el desafío mayor para nosotros ha sido la insuficiencia de los recursos convencionales para hacer creíble nuestra vida. Este es, amigos, el nudo de nuestra soledad.

Pues si estas dificultades nos entorpecen a nosotros, que somos de su esencia, no es difícil entender que los talentos racionales de este lado del mundo, extasiados en la contemplación de sus propias culturas, se hayan quedado sin un método válido para interpretarnos. Es comprensible que insistan en medirnos con la misma vara con que se miden a sí mismos, sin recordar que los estragos de la vida no son iguales para todos, y que la búsqueda de la identidad propia es tan ardua y sangrienta para nosotros como lo fue para ellos. La interpretación de nuestra realidad con esquemas ajenos sólo contribuye a hacernos cada vez más desconocidos, cada vez menos libres, cada vez más solitarios. Tal vez la Europa venerable sería más comprensiva si tratara de vernos en su propio pasado. Si recordara que Londres necesitó 300 años para construir su primera muralla y otros 300 para tener un obispo, que Roma se debatió en las tinieblas de incertidumbre durante 20 siglos antes de que un rey etrusco la implantara en la historia, y que aún en el siglo XVI los pacíficos suizos de hoy, que nos deleitan con sus quesos mansos y sus relojes impávidos, ensangrentaron a Europa con soldados de fortuna. Aún en el apogeo del Renacimiento, 12 mil lansquenetes a sueldo de los ejércitos imperiales saquearon y devastaron a Roma, y pasaron a cuchillo a ocho mil de sus habitantes.

No pretendo encarnar las ilusiones de Tonio Kröger, cuyos sueños de unión entre un norte casto y un sur apasionado exaltaba Thomas Mann hace 53 años en este lugar. Pero creo que los europeos de espíritu clarificador, los que luchan también aquí por una patria grande más humana y más justa, podrían ayudarnos mejor si revisaran a fondo su manera de vernos. La solidaridad con nuestros sueños no nos haría sentir menos solos, mientras no se concrete con actos de respaldo legítimo a los pueblos que asuman la ilusión de tener una vida propia en el reparto del mundo.
América Latina no quiere ni tiene por qué ser un alfil sin albedrío, ni tiene nada de quimérico que sus designios de independencia y originalidad se conviertan en una aspiración occidental.

No obstante, los progresos de la navegación que han reducido tantas distancias entre nuestras Américas y Europa, parecen haber aumentado en cambio nuestra distancia cultural. ¿Por qué la originalidad que se nos admite sin reservas en la literatura se nos niega con toda clase de suspicacias en nuestras tentativas tan difíciles de cambio social? ¿Por qué pensar que la justicia social que los europeos de avanzada tratan de imponer en sus países no puede ser también un objetivo latinoamericano con métodos distintos en condiciones diferentes? No: la violencia y el dolor desmesurados de nuestra historia son el resultado de injusticias seculares y amarguras sin cuento, y no una confabulación urdida a 3 mil leguas de nuestra casa. Pero muchos dirigentes y pensadores europeos lo han creído, con el infantilismo de los abuelos que olvidaron las locuras fructíferas de su juventud, como si no fuera posible otro destino que vivir a merced de los dos grandes dueños del mundo. Este es, amigos, el tamaño de nuestra soledad.

Sin embargo, frente a la opresión, el saqueo y el abandono, nuestra respuesta es la vida. Ni los diluvios ni las pestes, ni las hambrunas ni los cataclismos, ni siquiera las guerras eternas a través de los siglos y los siglos han conseguido reducir la ventaja tenaz de la vida sobre la muerte. Una ventaja que aumenta y se acelera: cada año hay 74 millones más de nacimientos que de defunciones, una cantidad de vivos nuevos como para aumentar siete veces cada año la población de Nueva York. La mayoría de ellos nacen en los países con menos recursos, y entre éstos, por supuesto, los de América Latina. En cambio, los países más prósperos han logrado acumular suficiente poder de destrucción como para aniquilar cien veces no sólo a todos los seres humanos que han existido hasta hoy, sino la totalidad de los seres vivos que han pasado por este planeta de infortunios.

Un día como el de hoy, mi maestro William Faulkner dijo en este lugar: «Me niego a admitir el fin del hombre». No me sentiría digno de ocupar este sitio que fue suyo si no tuviera la conciencia plena de que por primera vez desde los orígenes de la humanidad, el desastre colosal que él se negaba a admitir hace 32 años es ahora nada más que una simple posibilidad científica. Ante esta realidad sobrecogedora que a través de todo el tiempo humano debió de parecer una utopía, los inventores de fábulas que todo lo creemos, nos sentimos con el derecho de creer que todavía no es demasiado tarde para emprender la creación de la utopía contraria. Una nueva y arrasadora utopía de la vida, donde nadie pueda decidir por otros hasta la forma de morir, donde de veras sea cierto el amor y sea posible la felicidad, y donde las estirpes condenadas a cien años de soledad tengan por fin y para siempre una segunda oportunidad sobre la tierra.

Agradezco a la Academia de Letras de Suecia el que me haya distinguido con un premio que me coloca junto a muchos de quienes orientaron y enriquecieron mis años de lector y de cotidiano celebrante de ese delirio sin apelación que es el oficio de escribir. Sus nombres y sus obras se me presentan hoy como sombras tutelares, pero también como el compromiso, a menudo agobiante, que se adquiere con este honor. Un duro honor que en ellos me pareció de simple justicia, pero que en mí entiendo como una más de esas lecciones con las que suele sorprendernos el destino, y que hacen más evidente nuestra condición de juguetes de un azar indescifrable, cuya única y desoladora recompensa, suelen ser, la mayoría de las veces, la incomprensión y el olvido.

Es por ello apenas natural que me interrogara, allá en ese trasfondo secreto en donde solemos trasegar con las verdades más esenciales que conforman nuestra identidad, cuál ha sido el sustento constante de mi obra, qué pudo haber llamado la atención de una manera tan comprometedora a este tribunal de árbitros tan severos. Confieso sin falsas modestias que no me ha sido fácil encontrar la razón, pero quiero creer que ha sido la misma que yo hubiera deseado. Quiero creer, amigos, que este es, una vez más, un homenaje que se rinde a la poesía. A la poesía por cuya virtud el inventario abrumador de las naves que numeró en su Iliada el viejo Homero está visitado por un viento que las empuja a navegar con su presteza intemporal y alucinada. La poesía que sostiene, en el delgado andamiaje de los tercetos del Dante, toda la fábrica densa y colosal de la Edad Media. La poesía que con tan milagrosa totalidad rescata a nuestra América en las Alturas de Machu Pichu de Pablo Neruda el grande, el más grande, y donde destilan su tristeza milenaria nuestros mejores sueños sin salida. La poesía, en fin, esa energía secreta de la vida cotidiana, que cuece los garbanzos en la cocina, y contagia el amor y repite las imágenes en los espejos.

En cada línea que escribo trato siempre, con mayor o menor fortuna, de invocar los espíritus esquivos de la poesía, y trato de dejar en cada palabra el testimonio de mi devoción por sus virtudes de adivinación, y por su permanente victoria contra los sordos poderes de la muerte. El premio que acabo de recibir lo entiendo, con toda humildad, como la consoladora revelación de que mi intento no ha sido en vano. Es por eso que invito a todos ustedes a brindar por lo que un gran poeta de nuestras Américas, Luis Cardoza y Aragón, ha definido como la única prueba concreta de la existencia del hombre: la poesía.


Muchas gracias.

Gabriel García Márquez




Gabriel García Márquez con el libro "Cien años de soledad" en la cabeza como un sombrero improvisado, riéndose de sí mismo y del realismo mágico que le dio fama y popularidad. Gabo, como le llamaban los amigos se ha ido a los 87 años y nos deja para siempre sus palabras y sus historias, donde la realidad era un territorio inventado y soñado, llamado Macondo. "Escribo para que me quieran un poco más" decía el viejo maestro. Colombiano, ganó el Premio Nobel de Literatura en el año 1982 y fue a recogerlo a Estocolmo vestido con el liqui-liqui, el tradicional traje caribeño. El idioma español pierde a un profundo conocedor de la lengua castellana más pura, barroca y lírica.



Ha muerto un mundo

El Nobel colombiano García Márquez animó a los latinomericanos a dar voz a sus dramas y desafíos

Fue uno de los grandes escritores del siglo XX. Creó un mundo propio, como otros fabuladores de su estirpe, como Faulkner, Borges u Onetti, y ahora es imposible decir si lo que fabuló fueron sueños suyos u otra manera de ver la realidad. “La realidad copia a los sueños”, dijo. Ese mundo que inventó a partir de lo que vio de niño en Aracataca se llama Macondo y tuvo su territorio principal en una de las mejores novelas de la lengua española, Cien años de soledad.Como periodista, fue un maestro de la crónica, el reportaje y la columna, y tuvo discípulos de todas las generaciones, hasta ahora mismo.

Desde Aracataca, donde nació, hasta el último confín del mundo, sus libros y su universo hicieron inconfundible el nombre con el que lo llamaban sus amigos, sus compañeros de las redacciones colombianas, sus colegas y hasta sus adversarios, Gabo, Gabriel García Márquez. Ganó el premio Nobel de Literatura en 1982, cuando aún era un joven novelista ávido de historias. Y siguió siendo, ya como el gran fabulista que fue, un periodista que quiso promover diarios “para contar cómo es la vida de la gente”. Animado por ese afán que lo movió a estar en contacto con los sucesos durante los mejores años de su juventud y de su vida, terminó creando una fundación para enseñar a jóvenes a encariñarse con el que él llamó “el más bello oficio del mundo”.

Su trayectoria personal como escritor y como periodista es solo una de las facetas de su inabarcable personalidad. Pues también fue observador político, consejero de altos mandatarios que buscaban en él la experiencia y la perspicacia, e interesado testigo de las revoluciones (y de las contrarrevoluciones) que se desarrollaron en América Latina. Medió para que su país, Colombia, recuperara la paz que perdió hace más de cincuenta años y dio testimonio de los episodios que vivió de cerca con la lente del enorme periodista que fue. En cuanto a esa parte del continente, siempre se mostró optimista. “Yo creo que vamos a salir adelante los latinoamericanos”, dijo en una ocasión, en la que afirmó también: “Tal vez terminemos en América Latina por inventar fórmulas que la autosuficiencia y el narcisismo europeo no han logrado en 2.000 años”.

Ese fue su territorio personal, América, y ese fue, como periodista y como ciudadano, el ámbito de su compromiso y de su esperanza. Pero como fabulador no tuvo frontera alguna; escribía para desafiar la realidad, para ponerles nuevos nombres a las cosas que jamás nadie había visto. Era un creador metódico, que escribía escuchando a Bach y mirando hacia territorios que convirtió en mitos sin los cuales no pueden concebirse ni la literatura ni la vida de los hombres que lo leyeron. Es un escritor, un periodista, y su mundo es ya uno de los mitos de nuestro tiempo. Ha muerto Gabo, deja un mundo.


Editorial del El País, 18 de Abril de 2014


Un Nobel en casa

SERÍA un imperdonable pudor ocultar que la concesión del Premio Nobel de Literatura a Gabriel García Márquez constituye un especial acontecimiento para este periódico. Dicho sucintamente, le han concedido el mayor galardón literario del mundo a uno de los columnistas de EL PAIS, que ejerce su trabajo, como pueden comprobar los lectores cada miércoles, con la excelencia del mejor profesional en periodismo. El Premio Nobel de Literatura que la Academia Sueca ha decidido este año es así, a la vez que la distinción a un escritor de cuentos y novelas, el reconocimiento al trabajo de un veterano redactor de periódicos que jamás ha abdicado de esta condición, desde que en 1947 comenzaron sus publicaciones en el diario El Espectador, de Bogotá.El reciente premio Nobel ha reiterado en sus declaraciones que su concepción de la literatura está íntimamente adscrita a su experiencia periodística, y que un mismo concepto radical emparenta a la literatura considerada como relato y al periodismo entendido como reportaje. Además está esa importante dimensión pública de García Márquez como combatiente por los derechos humanos en el mundo, su intervención en el canje de prisioneros políticos de uno u otro signo, su denuncia de los regímenes militares en América Latina, de la situación en Angola y Mozambique o respecto a los refugiados huidos de Vietnam...

Por otro lado el hecho más importante de este premio que ha acordado la Academia Sueca- no está en haberlo concedido a un escritor relativamente joven, diez años por debajo de la media en que se recibe el Nobel, ni tampoco en concederlo a un escritor de la gran talla de García Márquez. Aunque la venerable institución académica, fundada en 1786, ha repartido este galardón entre autores tan anodinos como Karl Gjellerup o Henryk Pontoppidan y ha olvidado a pilares literarios como Henry James, Marcel Proust, Rainer Maria Rilke o James Joyce, también ha sabido premiar a Rudyard Kipling con 42 años, a Sinclair Lewis con 45 o a Albert Camus con 44. Lo más destacable de la designación es que García Márquez representa a la vez a la literatura de calidad y a la literatura de gozo popular.


Una suerte, pues, de caluroso sufragio ha antecedido a esta decisión de los muy diplomáticos y frígidos académicos. Un sufragio popular que ha hecho traducir los libros de Gabriel García Márquez a más de treinta idiomas y que, si ha destacado a este escritor, lo ha hecho también junto a ese inolvidable grupo de rutilantes creadores latinoamericanos que forman Octavio Paz, Vargas Llosa, Jorge Luis Borges o Juan Rulfo, Julio Cortázar, Juan Carlos Onetti y tantos otros hacia todos los cuales, como un reconocimiento de su envergadura creadora y sus fastuosas raíces, debe ser recibido este premio que salta desde Estocolmo hasta Aracataca.
                                                                                                    
                                                                                                   Editorial del El País, 22 de Octubre de 1982

miércoles, 16 de abril de 2014

Días sin escuela



"Lo que deseo decir es que yo tenía una espada de madera y quizá aquella fue la última espada del Reino de León. Habíamos llegado a la ciudad en una tarde de calor, en un tren de tercera, por la llanura castellana, hasta que las orillas del paisaje fueron poniéndose verdes, al llegar a la provincia. Cerca ya de la capital, había chopos y álamos en inesperadas formaciones, afilados, cortando la rica brisa del verano en largas rebanadas que entraban por las ventanillas del tren y nos daban en la cara y en el flequillo al otro chico y a mí".

Así comienza "Días sin escuela" un relato-largo o novela-corta de Francisco Umbral.

Septiembre de 1965. Francisco Umbral recibe el premio del Concurso Literatura Novela Corta, convocado por la Excma. Diputación provincial con motivo del Vº Día Provincial de las comarcas leonesas (XI Certamen de exaltación de valores leoneses). 10.000 pesetas.

Descubrí el texto "Días sin escuela" en internet, en un pdf amarillento escaneado de una vieja revista con algunos dibujos y me pareció un cuento, tal vez un poco largo para ser un cuento y no le di ningún valor hasta que lo he leído estos días y me ha sorprendido inesperadamente.

En aquel año, 1965, Francisco Umbral publicó sus primeros libros, o sea "Tamouré", "Balada de gamberros" y "Larra, anatomía de un dandi", es decir, un libro de cuentos, una pequeña novela y un ensayo, por eso entiendo que este relato, al que el autor colocó  la palabra "Novela" debajo del título "Días sin escuela" inaugura lo que después fueron las novelas de la adolescencia de Umbral en Valladolid y que fueron muchas, desde "las giganteas", "las ninfas", "Los males sagrados" o "Memorias de un niño de derechas" y algunas más, como "El fulgor de África", o sea.

lunes, 14 de abril de 2014

El caracol de Matissse



Henrie Matisse: "El caracol", 1953

El artista ya no consigue pintar con sus amados pinceles, está enfermo y decide recortar trozos de papel y pegarlos en un lienzo con la ayuda de una joven aprendiz. Parece un juego de niños, un collage ingenuo y un caracol aparece de repente escondido entre las formas caprichosas de estos recortables naranjas, azules y verdes. El arte es un juego, el arte es saber mirar y descubrir lo que estaba oculto, como un enigma que alguien tendrá que descifrar.

Nicola Heindl




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martes, 8 de abril de 2014

Aguas Abril




"Aguas abril" cantaba Luis Pastor por las calles de Madrid aquel verano, cuando sonreía aunque no era feliz y seguía persiguiendo un indicio de un amor que se había ido definitivamente de su vida. Ahora estaba sólo en su puerto de mar, cantando esta canción y esperando...


AGUAS ABRIL

No sé de qué compás te deslizaste 
ni en qué estación de metro te perdí 
No vi llegar al lobo y me avisaste 
las tiendas "se han cerrao pa'mi" 

Aguas abril, flores en mayo 
beso una estatua de sal 
Se fue mi tren, también el barco 
solo en mi puerto de mar... 

Me visto de terraza sin licencia 
me lo hago de vuelo sin motor 
De aquí pallá como el inspector Gadget 
persigo algún indicio de tu amor 

Aguas abril, flores en mayo 
camino solo por Madrid 
se acerca junio y cumplo años 
soy un extraño para ti 

Estoy como Neptuno cuando hiela 
mi horóscopo me dice "precaución" 
que tú eres cáncer y hoy es luna llena 
y aún tengo que hacer otra canción 

Aguas abril, flores en mayo 
aunque sonría no soy feliz 
junio me quema y llueve en julio 
quizás me vaya a San Fermín 

No sé de qué compás te deslizaste 
ni en qué estación de metro te perdí 
tampoco oí "Pastor, que viene el lobo" 
las tiendas se han cerrado para mí 

Aguas abril, flores en mayo 
beso una estatua de sal 
se fue mi tren, también el barco 
solo en mi puerto de mar.

Sería Fantástico



SERIA FANTÁSTICO
Joan Manuel Serrat

Sería fantástico que yo andara equivocado 
y que el water no estuviera ocupado. 
Que hiciera un buen día 
y que no nos engañaran en el peso. 
Que San Pedro, pagándole, no cantase
Sería fantástico que nada fuera urgente. 

No pasar nunca de largo y servir para algo. 
Ir por la vida sin cumplidos llamando a las cosas por su nombre. 
Cobrar en especies y sentirse bien tratado 
y mearse de risa y dejar volar la fantasía. 

Sería todo un detalle, todo un síntoma de urbanidad, 
que no perdiesen siempre los mismos 
y que heredasen los desheredados. 

Sería fantástico que ganara el mejor 
y que la fuerza no fuera la razón. 
Que se instalara en el barrio el paraíso terrenal. 
Que la ciencia fuera neutral. 

Sería fantástico no pasar por el embudo. 
Que todo fuera como está mandado y no mandase nadie. 
Que llegara el día del sentido común. 
Encontrarse como en casa en todas partes. 
Poder ir distraído sin correr peligro. 

Sería fantástico que todos fuéramos hijos de Dios. 
Sería un buen detalle y todo un gesto, por tu parte, 
que coincidiéramos, te dejaras convencer 
y fueras tal como yo te he imaginado.

P.D: La fotografía es de Chema Madoz

lunes, 7 de abril de 2014

Ciudadano Cero



"Ciudadano Cero" es una de las canciones/crónica de sucesos que Joaquín Sabina compuso en aquellos años ochenta, donde él era el cantautor de la movida, etcétera. Se trata de un retrato de uno de esos personajes anónimos que pasan desapercibidos por las calles de cualquier ciudad y que un día de repente se saltan un semáforo en rojo y atropellan la vida de un lunes gris y difícil de olvidar.



"CIUDADANO CERO"
(Joaquín Sabina)

Sé de nuestro amigo
lo que andan diciendo
todos los diarios.

Está usted perdiendo
su tiempo conmigo,
señor comisario.

Era un individuo
de esos que se callan
por no hacer ruido,
perdedor asiduo
de tantas batallas
que gana el olvido.

Yo no les pregunto
nunca a mis clientes
datos personales,
me pagan y punto…
¡Pasa tanta gente
por estos hostales!…

Nunca dio el menor
motivo de alarma,
señor comisario,
nadie imaginó
que escondiera un arma
dentro del armario.

Ciudadano cero,
¿qué razón oscura te hizo salir del agujero?,
siempre sin paraguas, siempre a merced del aguacero.

Todo había acabado cuando llegaron los maderos.

Aquella mañana
decidió que había
llegado el momento.
Abrió la ventana
rumiando que hacía
falta un escarmiento.
Cargó la escopeta,
se puso chaqueta,
pensando en las fotos.

Hizo una ensalada
de sangre, aliñada
con cristales rotos.
Dejó un gato cojo
y un Volkswagen tuerto
de un tiro en un faro;
no tuvo mal ojo,
diecisiete muertos
en treinta disparos.

Cuando lo metían
en una lechera,
por fin detenido,
“ahora -decía-
sabrá España entera
mis dos apellidos”.

Ciudadano cero,
¿qué razón oscura te hizo salir del agujero?,
siempre sin paraguas, siempre a merced del aguacero.

Todo había acabado cuando llegaron los maderos.



Aquí os dejo el link del videoclip para que acompañéis la letra:




jueves, 3 de abril de 2014

Revolução dos Caranguejos



Descobri no ano 2003 ao escritor e jornalista Carlos Heitor Cony lendo as crônicas que publicava os domingos na Folha de São Paulo (ainda devem estar guardadas em alguma pasta com outros recortes amarelados) e esses textos breves e urgentes que "são como um fósforo que se acende e se apaga" me levaram atrás da sua literatura. "O ventre" (1958) seu primeiro romance, "Pilatos" (1974) uma historia surrealista e violenta e as suas memorias tituladas "Eu, aos pedaços". Neste livro o autor fala do golpe militar de 1964 e de suas crônicas publicadas no jornal O Correio da manhã. Me chamou atenção o título de uma em especial chamada "Revolução dos caranguejos", por isso compartilho com vocês (com a permissão do velho mestre) esta crônica valente, sagaz e demolidora, presságio dos Anos do chumbo.



REVOLUÇÃO DOS CARANGUEJOS

CARLOS HEITOR CONY (Terça-Feira 14 de Abril de 1964)


Já que o Alto Comando Militar insiste em chamar isso que aí está de Revolução – sejamos generosos: aceitemos a classificação. Mas devemos completá-la: é uma Revolução, sim, mas de caranguejos. Revolução que anda para trás. Que ignora a época, a marcha da história, e tenta regredir ao governo Dutra, ou mais longe ainda, aos tempos da Velha República, quando a probidade dos velhacos era o esconderijo da incompetência e do servilismo. Quando até os vasos de nossos sanitários, as louças de nossos mictórios públicos tinham o consagrador made in England.

O Brasil foi para a frente, ganhou campeonatos do mundo, firmou uma presença industrial, subiu ao plano internacional – mas tudo isso é fruto do comunismo: há de regredir aos tempos da Baronesa, Leopoldina Railway, das tesourinhas Sollingen, do retrato do Santo Padre concedendo indulgências plenárias pendurado nas salas de visita.

Lembro o poema de Apollinaire sobre o caranguejo: “recuamos, recuamos”. E a sensação que predomina no País é esta: um recuo humilhante que deverá ser varrido muito mais cedo do que os medrosos e os imbecis pensam. Não se podia esperar caráter e patriotismo dos políticos: são coisas que a estrutura de um político não pode possuir, assim como a estrutura do concreto armado não pode possuir bolsões de ar. Mas dos militares – não há como negar, sente-se patriotismo e algum caráter. Um patriotismo adjetivado, sem substantivos, que se masturba com os gloriosos feitos históricos, feitos cada vez mais discutíveis. Um patriotismo estéril, que não leva a nada, que não constrói nada: lembro a patriotada do marechal Osvino mandando que os postos de gasolina hasteassem a bandeira nacional. É quase uma anedota, mas é típico da espécie deste patriotismo que rege nossas Forças Armadas.

Com algum caráter e algum patriotismo, é possível que os próprios militares compreendam o mau passo que estão dando, desmoralizando o Brasil perante o mundo inteiro, e, o que é pior, destruindo o que de melhor temos como Nação, e como povo: a vergonha.

Não se compreende que os militares, hoje no poder, em nome da ordem queiram impor tamanho retrocesso. Estúpida concepçã da ordem essa, a de que a ordem se basta a si mesma. A ordem só é válida quando conduz a alguma coisa: ordo ducit. Mas a ordem que os militares desejam é uma ordem calhorda, feita de regulamentos disciplinares do Exército e de estagnação moral e material.

Até agora, essa chamada Revolução não disse a que veio. As necessidades do País, que levaram o governo inábil do Sr. João Goulart a atrelar-se à linha chinesa do comunismo internacional, não receberam uma só palavra do Alto Comando. Falam em hierarquia, em disciplina, e consideram a Pátria salva porque os generais continuarão a receber continência e medalhas de tempo de serviço – à falta de condecorações mais bravas.

Sabemos que o governo deposto, se realmente enveredou o País para o caminho do caos, em parte tinha real cobertura dos anseios populares que o Sr. João Goulart não soube interpretar nem zelar. Esses anseios não desaparecerão porque o general Fulano depôs o general Sicrano. Afinal, o Brasil – já o disse aqui – não é um quartel de oito milhões de quilômetros quadrados. Quadrados são os que desejam fazer do País um prolongamento do quartel.

Sem medo, e com coerência, continuo afirmando: isso não é uma revolução. É uma quartelada continuada, sem nenhum pudor, sem sequer os disfarces legalistas que outrora mascaravam os pronunciamentos militares. É o tacão. É a espora. A força bruta. O coice.

Que os caranguejos continuem andando para trás. Nós andaremos para a frente, apesar dos descaminhos e das ameaças. Pois é na frente que encontraremos a nossa missão, o nosso destino. É na frente que está a nossa glória.


(14-04-1964)